Así fue la primera edición de Paraíso (por Fac51)

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Se ha cerrado la primera edición del Paraíso, y las sensaciones no han podido ser mejores. Uno ya ha visto nacer y morir algunos de estos eventos y las primeras ediciones siempre son difíciles, complicadas, y en la mayoría de los casos no con resultados tan favorables como esta. Aunque claro, en este caso hay “trampa”, y lo entrecomillo porque la experiencia acumulada en la organización encabezada por José Moran (recordemos que junto a su hermano Miguel fueron los culpables de que el FIB exista) ha sido un factor fundamental para el buen desarrollo de la primera edición de Paraíso, incluso desafiando a los elementos.

Cuando íbamos camino de Madrid, todo era lluvia, y sabíamos que había caído también en la capital durante el día. Eso iba a ser un claro hándicap para la celebración de un evento al aire libre, que a priori se celebraba en unas fechas en las cuales deberíamos haber ido en camiseta y pantalón corto en su localización. Pero las cosas vienen así, y ese fue el primer punto a favor de la producción del festival, saber capear lo mejor posible el temporal y poner soluciones para que se desarrollara de la mejor manera posible. Se extendieron rollos de una especie de césped artificial, que evitaba el barro aunque se formara algún pequeño charco de agua, donde había barro acumulado se extendió paja (que quedaba perfecta para paliar el lodazal y le daba un toque muy rural) y se atrasó el comienzo del festival. La localización era el campus de la Complutense de Madrid, que resultó ser un enclave maravilloso para el evento, con tres escenarios rodeados de arboleda y espacios verdes.

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Los tres escenarios eran el Paraíso, principal y más grande, que nos recordaba a una escala un poco más reducida al escenario principal del FIB (y quizás de dimensiones muy similares a las de las primeras ediciones en el velódromo de Benicassim), con buen sonido y estupenda visibilidad desde una gran distancia. El que nos enamoró de manera irremediable fue el escenario Club, una enorme carpa presidida por una tremenda bola de espejos en lo más alto y un sonido notable, con refuerzos en la parte exterior que te permitía disfrutar de todo lo que allí ocurrió de manera más desahogada, fuera del mogollón carpero. Lo dicho, un escenario que nos enamoró desde el primer momento, y donde ocurrieron (probablemente) las más excitantes sorpresas del fin de semana. Por último estaba el escenario Manifiesto, de dimensiones más reducidas, que se quedó pequeño desde el primer momento, con un sound system donde los graves eyectados por enormes cajones hacían retumbar los órganos internos de cualquier ser humano que se acercara a ellos.

Al lado del escenario Club había una larga ristra de food trucks donde podías comer lo que te diera la gana, y todo de buena calidad, damos fe de ello. Justo enfrente había una enorme zona con mesas y sillas donde poder comer relajadamente. Todo pensado hasta el último detalle para que quien asistiera se encontrara cómodo. Esta era la tónica general.

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El respeto y buen rollo de los asistentes, junto a la fantástica organización, hacía que esta primera edición de Paraíso ha sido uno de los festivales más limpios que he visto en mi vida. No habías acabado de comer y ya había una persona que estaba recogiendo ese plato de papel o ese vaso. Los servicios se mantenían casi inmaculados durante toda la noche, en el suelo no veías ni un vaso… de verdad que en este aspecto fue sobresaliente.

Bueno, ya nos hemos puesto en situación. Ahora hablemos de lo que más nos importa, que es la música. Pero es importante poder hacer un retrato general de lo que ha rodeado al cartel, porque esos elementos adicionales son, sin duda alguna, la guinda del pastel.

Resultaron ideales Rodríguez Jr. & Liset Alea para calentar el inicio de la noche del viernes, con ese pop electrónico que tan bien bordan los franceses, salpicado de reminiscencias de la parte más bailable de los Saint Etienne, con una perfecta ejecución y conexión con quienes empezaban a llenar el recinto. Los austríacos HVOB les sucedieron en el escenario Paraíso, y supieron seguir conectados al público con un directo muy rotundo dejando de lado las partes más oscuras de su repertorio, como ese último álbum grabado con Winston Marshall y llamado ‘Silk’. Mientras tanto, en el escenario Club, donde éramos atraídos como por un enorme imán, Sascha Ring, más conocido como Apparat nos dejaba una sesión de notable altísimo. Con tremenda profesionalidad, supo leer la situación, el horario y al público que tenía delante para ofrecer variedad y buen gusto en la selección y una ejecución impecable, que vino a confirmar porqué es uno de los grandes nombres de la escena club actual. Nos pudimos escapar en algún momento para ver un rato a Tako en el Manifiesto, pero, en esta primera jornada, el cartel era tan denso e interesante que empezamos a tener esa agradable y angustiosa sensación de ir como corriendo de un lado a otro como pollos sin cabeza. Y eso mismo ocurrió inmediatamente después, ya que fuimos a ver comenzar a Gus Gus, que presentaban su nuevo álbum (‘Lies Are More Flexible’) con un directo tan eficiente como siempre lo han hecho, bien en sus principios con aquella tripulación de seis componentes o ahora en su última versión desde hace un par de años con Stephan Stephensen y Birgir Þórarinsson. Pero al mismo tiempo había algo en el escenario Club que, con perdón de los islandeses, no podíamos perdérnoslo. Uno de los que lo inventó, uno de los padres del house, nativo de Chicago y ahora residente en Memphis, venía a presentar (encima en live, y no a pinchar) uno de los mejores discos que se han editado recientemente. Señoras y señores, Mr. Larry Heard, también conocido como Mr. Fingers.

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Esto no fue una sorpresa porque de este creador uno se lo puede esperar casi todo, y así fue. Acompañado por un vocalista de Memphis llamado Mr. White, ataviado con una camiseta de los Memphis Grizzlies de Marc Gasol (buen guiño), empezó a ejercer su magia y su dilatada experiencia en el escenario Club para dejarnos pegados allí hasta el final de su actuación, larga y jugosa, donde se combinaron temas de ese gran ‘Cerebral Hemispheres’ con otros de su repertorio clásico. Sin duda fue el primer gran pelotazo de este Paraíso 2018. Sin poder tomar aliento, teníamos otro triple desafío ante nosotros, coincidiendo en horario y cada uno en un escenario diferente. Oímos comenzar en el Manifiesto a Yaeji, que teníamos muchas ganas de ver su actuación, en la cual pincha house delicioso y canta en directo con su delicada voz; vimos empezar también a Black Coffe en el Club dejando rastros de un afro house potente en el inicio de su sesión y corriendo de nuevo a ver a Kiasmos, deseando saber con qué iban a sorprendernos. El dúo nórdico tomó el rumbo perfecto con un directo enfocado a las piezas más potentes de su repertorio, con rotundidad y limpieza en el sonido que mantuvo a la gente botando en el escenario Paraíso. La noche la cerraron Hot Chip en su versión megamix, de los que igual se esperaba algo más por parte del público asistente, y el italiano DJ Tennis, solvencia contrastada para animar la fiesta hasta el cierre, al que habíamos visto el año pasado ejecutando un set impecable en el Electrosplash.

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El sábado comenzó para nosotros con el espatarrante y festivo directo del ecuatoriano Mateo Kingman, otro de esos nombres que tienes apuntado para verlo en directo porque no habíamos tenido la oportunidad de hacerlo con anterioridad. Y fue una de las más agradables sorpresas del sábado, monto un quilombo tremendo junto a un batería que tenía a los más tempraneros asistentes botando como locos en el escenario Manifiesto. Parada obligatoria en el Club para ver el directo de Henry Saiz & Band, que a priori pensábamos que igual resultaba denso para esas horas de la tarde y a los cinco minutos esos pensamientos preconcebidos desaparecieron de la cabeza. Ejecutaron un directo muy entretenido y dinámico, que congregó a la mayoría de los presentes en el recinto festivalero, dejando una muy buena sensación. La organización nos anunció previamente que Kalabrese no había podido llegar por problemas en conexiones aéreas (una verdadera pena no haber podido disfrutar de su sesión) y nos fuimos a ver un rato a las Tune Yards en el escenario Paraíso. Personalmente, creo que fueron la nota discordante en un cartel bastante homogéneo, porque su música era lo más alejado a la línea trazada por la selección del resto de artistas. A pesar de ello, su directo es divertido, están locas como las cabras y resultó refrescante para el horario previo a la cena. Teníamos ganas también de disfrutar del directo de Cumhur Jay, pero este sí que resultó denso y difícil de digerir en esos momentos previos a la caída del sol. Impecable técnicamente, con quizás las más imaginativas proyecciones en la pantalla que había a su espalda, personalmente creo que le faltó conexión con el público asistente, o quizás no era el mejor momento para ejecutar su directo. En la siguiente línea de tiempo teníamos otros tres nombres que tampoco queríamos perdernos, y empezamos por el jovencísimo francés Mehdi Benjelloun, más conocido como Petit Biscuit, que llegaba por primera vez a España de la mano de Paraíso, y que nos dejó muy gratamente sorprendidos a los que nos juntamos en el escenario principal. Nos hizo pasar un buen rato con su directo feliz y entretenido, atizando sin complejos desde lo alto del escenario como si lo hubiera hecho toda la vida. Con tan sólo 18 años, veremos qué rumbo toma su carrera pero si no se tuerce, a buen seguro que será un nombre que escucharemos de aquí en adelante.

Sam Sheperd aka Floating Points tomó el relevo de Cumhur Jay en el escenario Club, y aunque su directo también fue a base de techno y minimal, supo conectar de manera mucho más directa con la gente, subiendo la intensidad de su sesión pero siempre con una elegancia propia del productor de Manchester. Mención especial también merecen las proyecciones en su sets, de especial belleza minimalista.

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Corriendo hacia el Manifiesto para ver lo que nos traían los chicos de Dekmantel, sabiendo que su buen hacer gamberro para dejar en todo lo alto sus sesiones iba a resultar tremendamente divertido. No defraudaron ni un ápice, y empezaron a soltar trallazos de funk, disco y house para deleite de la tropa que petaba el escenario Manifiesto… que estaba en un sitio encantador, rodeado de árboles, pero que, a excepción de a primerísima hora, estuvo a reventar durante todo el festival… al igual que el Club.

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Róisín Murphy estrenaba disco y tour, pidió al entregado público que tuviera paciencia ya que era el primer bolo de la gira. Pero ella ya tiene unas tablas que la hacen superar cualquier adversidad y lo demostró en los primeras temas de la actuación. Directo perfecto, ella con su destreza escénica y ejecutando vocalmente de manera impecable, se metió a la gran mayoría del público del recinto en el bolsillo en cinco minutos. Nosotros habíamos dejado con gran dolor de corazón a los chicos de Dekmantel para ver a la Murphy, pero no podíamos dejar de ver a Lovebirds, que empezaban a la misma hora que la irlandesa. En teoría, era ir a cotillear un rato y volver al principal… pero… no salimos del escenario Club hasta que Basti Doering acabó su sesión.

Hay veces que es difícil plasmar en palabras lo que se siente en determinadas experiencias musicales. Es conocido el buen hacer del alemán, lleva más de una década con presencia en la escena tanto como productor como remezclador, pero la sesión que hizo el teutón fue de las que uno (que ya ha visto unas cuantas en esta vida) jamás va a poder olvidar. Ejecución absolutamente maestra, impecable, sin dejar caer un tema más de tres o cuatro minutos salvo contadísimas excepciones, control de libro de tonos y apariciones de flanger (bendito efecto) en momentos estelares. La selección musical fue tan buena o mejor que la parte técnica, tocando absolutamente todos los palos, como hacen los más grandes, dejando trallazos de house, disco, acid, destellos de minimal e incluso puro pop (nos dejó boquiabiertos a todos a mitad de sesión cuando metió el “In Love With You” de The Paradise…). Al final se llevó una tanda de aplausos que fue absolutamente merecida. Insisto, la sorpresa más agradable y tremenda de este Paraíso. Esperemos que repita el año que viene.

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Damian Lazarus & The Ancient Moons tomaron el relevo de la Murphy en el escenario Paraíso, con una buena actuación, Damian Lazarus a los controles y un genial Moses Sumney ejecutando la parte vocal. Perfecto puente entre la cantante irlandesa y el cierre del escenario principal que vino de la mano del israelí Guy Gerber, que demostró porque se lo rifan en los clubs y festivales de medio mundo, siendo el broche perfecto y muy bailable para ese escenario Paraíso.

En el Club, después de la tremenda e inolvidable sesión de Lovebirds, sabíamos que todo nos iba a saber a poco, pero Tom Trago llegó a los controles con un espíritu muy festivalero que conectó con las almas presentes para regalarnos una buena sesión que también tuvo variedad y buen gusto a partes iguales. Para cierre de ese estupendo escenario, el alemán Gerd Janson puso la puntilla al personal con buenas artes y tralla para que nadie se viniera abajo.

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Entre todo este temporal musical en los dos escenarios principales, teníamos dos grandes deudas en el escenario Manifiesto, dos nombres que no queríamos perdernos de ninguna de las maneras. Allá que fuimos, y, si de repente cuando estábamos llegando empieza a sonar el ‘Blind Vision’ de Blancmange, supimos de inmediato que nada podía ir mal. El coreano de nacimiento y alemán de residencia Hunee empezó a demostrar que es el rey de la fiesta que se le ponga por delante, muy divertido, sin dejar caer el ritmo ni un segundo y haciendo bailar a la gran cantidad de público que se reunió en el Manifiesto, que fue el escenario más golfo de Paraíso a pesar de ser el más pequeño. Hunee fue otra de las agradables sorpresas del cartel, aunque su fama le precedía y algunas de sus sesiones que se pueden escuchar por la red hacían prever que nos íbamos a divertir con él.

El otro nombre que apetecía mucho, pero que también era una incógnita por lo hipnótico de alguna de sus sesiones, era el de Martin Gretschmann, más conocido como Acid Pauli. Las dudas se disiparon en apenas treinta segundos, cuando se quitó el sombrero que llevaba y empezó a sonar electro soca en los altavoces. Alguien que dice que “Si el club es un templo, la fiesta es un rito y la cabina un altar, entonces la música es Dios” no puede defraudar, y Acid Pauli cerró el Manifiesto por todo lo alto.

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Esto es lo que dio de sí en el aspecto musical. Justo cuando empezaba Acid Pauli, pudimos charlar un rato con el director de Paraíso, José Morán, que nos comentó (entre otras muchas cosas) que habían querido hacer un festival para gente que supiera a lo que venía, y creo que el objetivo se cumplió sobradamente. No nos pudo confirmar cifras de asistencia exactas pero creo que podemos asegurar que entre los dos días se superaron ampliamente los 15.000 asistentes, que en ese espacio hizo que el evento resultara de los más agradable en cuanto a convivencia se refiere.

Sólo podemos añadir dos cosas. Enhorabuena y ya estamos esperando el Paraíso 2019.

Texto y fotos: Fac51/ junio 2018.

 

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