CRÓNICA SÓNAR 2014: Me bailo encima

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SÓNAR 2014

Me bailo encima

Sónar sigue creciendo, no precisamente Despacio pero sí con buena letra, pero no engordando y que apabulla -una vez más- en su propuesta tanto en contenidos como en continentes. Y lo más importante: sorprende y encanta a propios y extraños. Siempre estaremos allí, o cerca. Aloviu Sónar, otro año más.

Texto: Fernando Fuentes
Fotos: Sónar

Varias reflexiones finales, se me escurren pata abajo, tras este Sónar 2014 recién clausurado bajo una tremenda tormenta -recibida en plena madrugada subidón y bailongo- que a muchos, a pesar del corte de rollo, estampida y despedida antes de tiempo, nos supo a dulce. La primera apunta a que el público -que casi bate el récord total e histórico y sí lo hizo con el Sónar de Día; nunca hubo tanta gente disfrutando de la oferta barcelonesa bajo el soletón- ha mostrado un talante y aspecto más civilizado que nunca… siempre visto desde lo general. Que miles de almas hicieran largas colas, durante muchas horas y a lo largo de tres días, para disfrutar de Despacio –esa gustosa apuesta por el regreso al club altafidelizado de la electrónica que han propuesto ese inesperado trío formado por James “LCD” Murphy y los 2manydjs para deleite de todos, y cuando digo todos, es todos- y que todo –valga la triple redundancia- el mundo lo hiciera de forma educada y tranquila es algo para celebrar. También que con el colocón en todo lo alto –el sonoro y el de lo otro- miles de clubbers supieran desalojar el mastodóntico recinto nocturno ubicado en la Fira2 de forma sosegada y ordenada, y eso que lo que caía no era lluvia, eran jarrones de un agua que, se lo juro, al paladearla, sabía a pantumaca, uhmmmm. La última es la menos amable y es la que discute acerca de que porque hay sonidos que se celebran en Sónar como agua de mayo en junio, caso de una ¿cumbia tradicional? que pincharon los colombianos Dengue Dengue Dengue a mitad de su sesión, cuando la gran mayoría de esos mismos que la elevaron al cielo, aplaudiéndola a rabiar, en mitad de la impresionante sala SonarDome, de la Reb Bull Academy, si lo hubieran escuchado en cualquier club, o bareto, de su barrio hubieran salido disparados, con el rabete entre las piernas, maldiciendo al dj de turno. ¿Postureo modo XXL? Vaya usté a saber.

Así, como gustándose…

Pero aquí lo importante no fue el más que sobrio vs. fascinante concierto de unos Massive Attack ¿más cercanos ahora de Pink Floyd que de su seminal trip-hop?, o de las estupendas sesiones de Theo Parrish, Four Tet, James Holden, Audion, Dj Harvey, Bonobo, Caribou, Moderat, Martinez Brothers o Todd Terje, entre otros; o los set-plomazos de Loco Dice o Richie Hawtin, éste último en doble vertiente: plasticosa y obeléstica presentando ‘EX’ y –sobre todo- como dj. Tampoco el fascinante show disco marbellí de Chic; el vibrante y energético directo de los callejeros Rudimental; la ensoñación melomaniaca del maestro Henry Saiz, el celebradísimo y anabólico set de Uner que puso literalmente el SonarCar del revés o el buen y finísimo live de house -que nos regaló Debukas- y el del barcelonés Pina. Aquí, en este Sónar 2014, lo más definitivo ha sido comprobar, por parte de cientos y miles de acólitos al technazo de pelo en pecho, al bass más guarrete y bastardo y otros serruchazos y digijaleísticos varios, que como mejor se baila es despaciiiicoo… y así, como gustándose.

La necesaria vuelta a los clubs

Y es que Despacio, con su súper sistema de sonido McIntosh valorado en dos o tres trillones de petrodolares, su enorme y bella bola de espejos reinando sobre una sala casi en tinieblas, para solo un puñado de elegidos para la rara gloria de convertirse en los verdaderos protagonistas de la súper y anti-hitera sesión con sus bailes desinhibidos y manos al cielo dibujando raras filigranas y tres genios manipulando platos y vinilos por las dos caras, han demostrado –incluso yendo en contra de la propia formula del festival –de éste y cualquier otro- que no es otra que cada año hacer disfrutar a más gente de sus artistas y propuestas- que la buena música de baile –sea electrónica o no, faltaría más- debe de regresar al cariño, cercanía y buen sonido de los clubs, de donde, seguramente nunca hubiera debido de salir. ¡Pero qué buen rollo, qué bien suena, cómo molan esos rarunos temas de funky-disco-space que pinchan estos mendas –a pachas, 6 manos, dos belgas y un neoyorkino- allí medio escondidos, desde casi no se les huele! ¡Si es que pierdo la noción del tiempo! ¡Qué bien me siento aquí! Esto, precisamente, es lo que hace de un espacio sonoro que sea adorable, cómodo y deseable por los que amamos la música, y su esencia que no es otra que bailarla, por encima de lo demás. Me bailo encima de ganas de repetir, ¿se me nota? Ahora solo hay que ponerle precio al tícket de entrada, ruedas para hacerla móvil y a forrarse, colegas. De nada.

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