“Sideral. Estrella fugada” de Héctor Castells, en las librerías a partir de noviembre

aleix_verges  "Sideral. Estrella fugada" de Héctor Castells, en las librerías a partir de noviembre aleix verges

Aleix Vergés, DJ Sideral (Barcelona, 1973-2006), fue el emblema de una década, un faro involuntario y generacional que fraguó su leyenda a los platos del mítico club Nitsa y como líder, cantante y guitarrista del hype más clamoroso del pop español de los noventa: Peanut Pie.

La estrella de Sideral afluyó en la encrucijada postolímpica, y su intuición, su talento y su influencia presenciaron el nacimiento de dos de los festivales de música de mayor envergadura planetaria: Sónar y Primavera Sound.

El metro noventa y siete de Aleix rompió el techo e iluminó el camino de una generación de jóvenes hedonistas y noctámbulos; de los hijos de la democracia, la segunda residencia y el sueño dopado de la universidad. Poco a poco, los surcos del techno, la llegada de estrellas internacionales, el entusiasmo postolímpico y el desembarco masivo del éxtasis —la droga del amor— conformaron la banda sonora de una década de la que Aleix se convertiría, muy a su pesar, en icono y estandarte.

Aleix Vergés era la música y fue un pionero. Una esponja indiscriminada. Constante. Devoraba todo tipo de sonidos y su curiosidad era infinita. Su altura y su delgadez, su insultante belleza y su irresistible magnetismo, convivieron con una personalidad quebradiza, sensible e insaciable. Aleix estaba convencido de no poder amar, de ser venenoso y de que la muerte se lo llevaría temprano.
Vivió a degüello, escribió, pintó, fotografío y se bebió y rayó la vida como si siempre faltara un segundo para el final, un desenlace temprano como sus vaticinios que se consumó una noche de 2006. Tenía solo treinta y dos años y un legado gráfico, plástico y musical que incluye ochenta y cuatro mixtapes, el disco de Peanut Pie, tres discos como mezclador y su obra póstuma, Canciones siderales, bajo el nombre de Leire. Aleix nunca compuso una canción, pintó un cuadro o escribió un poema para sí mismo: su familia, sus colegas y la gente que le apoyó fueron siempre el motivo sentimental y creativo de su existencia.

Héctor Castells, amigo de Aleix Vergés, escribe una biografía, una novela generacional eléctrica e intensa, que fluye a la velocidad de las mezclas de Sideral. El libro es una crónica vibrante de una vida efímera e imparable, vista, escuchada y sentida en boca de muchas de las personas que le conocieron en vida.


Héctor Castells (Barcelona, 29 de septiembre de 1974) estudia Derecho y Periodismo, y pronto decide que será en esta segunda disciplina donde se prostituirá. A finales de los noventa, coordina el suplemento de tendencias barcelonés Micro. Traba amistad con el crítico cinematográfico Sergi Sánchez y este apadrina su fichaje por el único medio de su vida en el que ha trabajado libremente: el suplemento cultural Pasaporte, del periódico La Razón, donde ejercerá de editor y coordinador. Al año y medio se suicida involuntariamente, le despiden y arranca una triste travesía por las cloacas del freelancismo: El País, Vogue, Marie Claire, Playboy, La Vanguardia, Wad, Vanidad, Vice, Fotogramas, Go Mag y un largo etcétera.

En 2004 publica junto al fotógrafo Jesús Ubera su primer libro, Salida, y en 2005 colabora en el libro colectivo El sonido de la velocidad (ambos publicados por Alpha Decay). Ese mismo año se exilia a Dublín y empieza a trabajar como asistente de fotógrafo y cámara de videoclips y de directos de artistas como Lisa Hannigan, Jape, Matt Elliot o Milosh. En 2008 inaugura su primera exposición como fotógrafo.

En 2009 funda el colectivo invisible Xmas Soup junto al artista Guillermo Carrión y el poeta y cineasta Donal Dineen. Despliegan sus visuales para los directos de artistas y bandas como Damo Suzuki (Can), Katie Kim, Lisa O’Neill, Si Schroeder, Seán Mac Erlaine, Solar Bears o Beautiful Unit, entre otros.

En 2011 traduce el libro Cartas a Emma Bowlcut (Alpha Decay), del poeta y cantautor norteamericano Bill Callahan. Al año siguiente arranca las entrevistas previas a la redacción de este libro, su penúltimo proyecto literario, y se pone a currar de repartidor de aceitunas, un trabajo que desempeña casi tan bien como el de camarero.

(NOTA DE PRENSA)